Como arquitectos, enfrentarse seriamente  al proyecto del Museo Nacional de Afganistán empieza por plantearse una serie de preguntas que nos permitan hacer el trabajo con honestidad: ¿Qué ha de ser un Museo Nacional en una ciudad como Kabul y en un país como Afganistán? ¿A que necesidades reales inmediatas y futuras de las personas ha de responder?

En nuestro mundo, la dimensión y proliferación de datos, las velocidad de de los cambios derivados de los avances científicos y tecnológicos crece de manera exponencial. Esta situación, aunque estimulante, nos aboca a la opacidad, a la incomunicación y a la irrelevancia, por nuestra incapacidad para seleccionar y por lo tanto para comprender.

En cierta forma esto nos lleva a pensar que, por motivos distintos, y en contextos casi opuestos, los retos que se nos plantean en nuestro mundo son los mismos a los que se enfrenta Afganistán: incapacidad para acceder a un conocimiento capaz de acompañarnos con eficiencia y compasión en la construcción de nuestras vidas.

Superado el concepto decimonónico de equipamientos culturales que ponen a disposición del ciudadano un conocimiento académico consensuado, estable y cerrado, es el momento de dar paso a centros de encuentro y debate donde se produzca el encuentro efectivo de las personas, el intercambio de conocimientos a distintos niveles (intelectual, experiencial, estético, emocional), y se trabaje en equipo en la creación y difusión de imágenes y mensajes simbólicos que nos permitan empezar a dibujar los instrumentos para la comprensión de un mundo que queremos transformar en beneficio de todos.

El objetivo principal de un museo ha se ser la capacitación de las personas para que formen parte activa y consciente del entorno del que son parte. Para posibilitar la alfabetización en los códigos del lenguaje que han de construir nuestro futuro compartido, es necesario posibilitar el conocimiento de aquello que nos conforma en el presente desde el pasado. La construcción siempre es reconstrucción, y toda sociedad necesita saber con que cuenta para poder volver a empezar. En el caso de Afganistán esto se hace todavía más dramático y urgente.

El primer y más importante de los objetivos de este proyecto es reforzar el carácter abierto y dialogante del edificio. Como dice Kazuyo Sejima en la introducción de la Bienal de Arquitectura de Venecia:

“La idea es ayudar a las personas a relacionarse con la arquitectura, ayudar a la arquitectura a relacionarse con las personas y ayudar les personas a relacionarse entre ellas.” 

Pensamos que este edificio no debería ser pensado como un objeto hermético, cerrado, auto referencial y a priori representativo. Hemos de pensar en una estrategia de ocupación del espacio que nos permita reconocer el camino a medida que lo vamos haciendo.

Esto nos lleva a pensar en un espacio en el que la arquitectura deja de aspirar a la forma en pos de espacios deformables i flexibles capaces de adaptarse al devenir de los tiempos…y no podemos dejar de pensar en un espacio como el de la Mezquita de Córdoba.

Una arquitectura capaz de acoger nuestras actividades, desde las más corporales- sombra, frescor, bienestar corporal, descanso, encuentro- hasta aquellas que nos permiten interpretar el mundo y exorcizar nuestros temores a través de arte, la poesía o la magia. Ser parte activa de un proceso de transformación efectiva, ser ciudadano, sólo es posible a partir del conocimiento de lo precedente.

No queremos rescatar las formas sino las estrategias y actitudes para  desarrollar el proyecto: tradición y modernidad, conocimiento y creación son conceptos que siempre van unidos en nuestra manera de entender la arquitectura. Queremos proyectar y construir con la actitud de exploración de aquel que intenta establecer sus fundamentos para poder seguir adelante.

El muro de cierre que podría parecer un imperativo indeseable vinculado a la seguridad es para nosotros un elemento de partida que define un límite claro y nos permite crear un universo interior completo. Esto nos permite entroncar con la tradición de la casa patio o la mezquita. Un perímetro que permite confinar la naturaleza y la vida para preservarla y protegerla de un entorno hostil.

Dentro de este muro las topologías flexibles de mezquitas, mercados y casas patio, que permite responder con rapidez, desde la fijación de un módulo estructural, a los requerimientos inesperados.

La cubierta es el elemento que recoge y protege el programa que no se desarrolla al aire libre. La cubierta es el equivalente a los árboles del jardín y así se muestra desde el cielo. Una cubrición de mosaico de cerámica, que interpreta y geometriza la naturaleza a la que está sustituyendo.

Geometría y organicidad

Como señaló el arquitecto egipcio Hassan Fathy: “El árabe procede del desierto. A él debe su sencillez, hospitalidad, su inclinación por las matemáticas y por la astronomía e incluso la estructura familiar. Su experiencia de la naturaleza es amarga. La tierra, el paisaje, son para el beduino un cruel enemigo abrasador. Lo único bueno lo encuentra en el cielo, limpio y refrescante, con la beneficiosa lluvia en sus blancas nubes, lo considera la casa de Dios”

El proyecto arquitectónico, sea en entornos cercanos o lejanos física y culturalmente siempre implica un salto creativo  que se apoya en una interpretación de la realidad que siempre es subjetiva y derivada de la experiencia tanto racional como estética de los lugares en su complejidad y temporalidad.

El análisis exhaustivo e intensivo puede ser tan paralizante a la hora de la creación, como irresponsable la falta de él.

Nuestro proyecto se apoya en un supuesto teórico que no pretendemos tenga carácter de “verdad”, pero que sirve de base para tomar una serie de decisiones proyectuales que acaban generando un edificio lo más coherente y bello posible.

El principio proyectual parte de la superación de la dicotomía entre geometría y organicidad que se enuncia en la arquitectura islámica. Una dicotomía en la que la geometría-construcción mental superior- se impone con autoridad al caos de la naturaleza inhóspita e irreductible.

Superar esta dicotomía quiere decir utilizar la geometría para ordenar los programas, los usos, las cosas, con un método. Sin embargo quiere decir también dejar espacio a la libertad y a la sorpresa, incorporando el azar. Planteamos un proyecto en el que lo orgánico y mutable de la naturaleza encuentra su espacio en el orden geométrico.

La geometría no genera un espacio inerte, sino que garantiza las condiciones para que lo orgánico se desarrolle, viva, se reproduzca y muera, en un entorno favorable.

Oasis, huertas, patios, macetas…es la manera en la que nuestras culturas han tratado de preservar la vida frente a las agresiones (viento, sol, sequía…). Nuestro edificio trata de hacerlo igual.

El edificio se reconoce como un universo cerrado en el interior de un muro, que en este caso se justifica por razones de seguridad, pero que también su razón de ser en la voluntad de protección frente a una naturaleza muy dura e inhóspita.

En este perímetro “preexistente” se apoyan unas cubiertas abovedadas que generan un espacio isótropo continuo. Esta estructura abovedada introduce una direccionalidad clara que permite la versatilidad en el sentido longitudinal del edificio.

En este espacio a priori homogéneo se diferencian espacialmente ciertos ámbitos mediante la introducción de cúpulas y patios.

Estas cúpulas frenan y concentran el recorrido, introduciendo la verticalidad y “el cielo” en el edificio. Los patios amplían las visuales e introducen la luz natural controlada en el edificio.

Cúpulas, agua y vegetación introducen una dimensión visual de perspectiva infinita que trasciende la finitud de la materialidad de lo construido.

Esta voluntad de no limitar la mirada y sugerir una sucesión infinita de planos (ya sea el cielo con sus estrellas, o el vergel, el jardín, con su sucesión de capas vegetales traspasadas por la luz) están en el origen de la celosía y del mosaico. Ese elemento arquitectónico fundamental en la tradición arquitectónica islámica, en el que el muro no es un elemento opaco…es un velo que sugiere una dimensión infinita en la que el ojo se pierde, la luz se tamiza, se dibujan las estrellas y la imaginación encuentra caminos que nunca son los mismos.

Los muros perimetrales se desmaterializan y se transforman en celosías que tamizan y regulan la entrada de luz.

El movimiento de las personas en el interior del edificio es un discurrir, por una exposición que se plantea con un criterio cronológico lineal, en el que se singularizan espacios y piezas que van pautando y frenando el recorrido en algunos momentos.

La luz está controlada, filtrada y es difusa. Una mirada interior, difusa y tamizada. La arquitectura construye desde el interior un paisaje completo.

La naturaleza se hace abstracta -se hace jardín y se hace patio- y el cielo se evoca en la geometría perfecta del infinito que es la cúpula.

El mobiliario expositivo se integra en la estructura del edificio. Mobiliario, arquitectura y sistemas expositivos se tratan en continuidad para hacer de los soportes algo invisible y versátil, con el fin de que las piezas puedan ser contempladas con las mínimas interferencias visuales posibles. La estrecha relación entre arquitectura y soportes expositivos nos permite integrar con la máxima eficiencia las instalaciones necesarias. La estructura isótropa reticular nos da, en el fondo, la máxima versatilidad expositiva posible.

Los espacios expositivos se plantean básicamente en base a un sistema de vitrinas perimetrales cuya sección se adapta en base a las piezas a exponer. Se plantea singularizar las piezas más importantes dándoles una posición de centralidad y el tratamiento expositivo especial que requieran.

Los espacios de trabajo interno se colocan en la misma planta del espacio expositivo. Los almacenes y los espacios de conservación se ubican en una planta sótano, en el que las condiciones de aislamiento y control térmico y lumínico son más estrictas. Estos espacios mantienen la iluminación natural a través de los patios.

El muro de cierre perimetral de la parcela es un elemento de una dimensión y presencia muy importantes. Este muro responde a unos requerimientos de seguridad muy severos que no pueden ser eludidos. Así en su cara exterior se trata como un elemento claramente sólido e infranqueable. En su cara interior, en su vista desde el jardín, debe ser visto como un elemento visualmente más amable que incorpore esas cualidades de las que hablábamos cuando describíamos la celosía. En ese sentido por la cara interior se plantearía como un muro vegetal cambiante y más blando que permita que se incorpore visualmente al jardín, y no se perciba como un límite claro, rotundo e infranqueable.

El jardín es una parte fundamental de nuestro proyecto aunque la intervención sea de baja intensidad. Nos planteamos mantener la frondosidad intentando recuperar el espíritu de los míticos jardines mogoles. Introduciremos un nuevo eje de direccionalidad que prioriza el acceso al nuevo edificio y permite un buen acceso al antiguo. En la puerta de acceso, que es un amplio umbral de transición entre el exterior y el interior, se ubica el visitors center.

El espacio de “patio” frente al museo es el primer espacio realmente construido del museo y creemos que debe ser entendido como parte activa de él. Este jardín, es como el Patio de los Naranjos de la Mezquita de Córdoba, la antesala a la mezquita. Es en realidad la mezquita, pero sin cubierta. Para nosotros este espacio es análogo: un espacio urbanizado al aire libre, geometrizado, reglado, pautado y articulado. Un lugar en el que el visitante, que viene del mundo “exterior” se prepara para entrar a un lugar que requiere una actitud distinta.